Durante más de diez años, la comunidad ha vivido en un ciclo extraño: cada rumor, cada teaser y cada retraso de GTA VI mueve las emociones colectivas como si estuviéramos esperando algo más grande que un simple videojuego. GTA VI no es solo un producto pendiente de lanzamiento; se ha convertido en un símbolo. Una promesa de futuro. Una ilusión compartida. Pero detrás de esa ilusión, hay un problema del que nadie quiere hablar: GTA VI no te va a hacer más feliz.
Y no porque vaya a ser un mal juego (de hecho, lo más probable es que sea increíble), sino porque la relación construida con él es bastante idealista.
El objetivo de este artículo no es en absoluto desprestigiar o hacer valer menos el análisis de otros creadores, sino dar una perspectiva distinta y complementaria, respecto a la espera por GTA VI.
Cuando la expectativa y la ilusión superan a la realidad
Existe un teoría psicológica: esperar algo genera más placer que tenerlo, un fenómeno conocido como anticipatory joy. Y GTA VI es, probablemente, el ejemplo más extremo que ha tenido la industria del videojuego (Después de Half Life 3).
Antes de saber el aspecto del juego (antes de las filtraciones de 2022), el juego es perfecto dentro de la mente; lo hace todo bien. Tiene todas las mecánicas, actividades, detalles e historia que quiere el jugador, esto impulsado principalmente por la cantidad de años en espera y por lo alto que dejó la batuta la historia de Arthur Morgan en 2018. Antes de la llegada del juego, el jugador puede ilusionarse con cualquier cosa: Que Liberty City forme parte del mapa, que todos los objetos tengan colisión, que la mayoría de las estructuras cuenten con interiores accesibles, que la historia principal dure 120 horas con un nivel de dramatismo tan alto como el de GTA IV, etc. Antes de la llegada del juego, e incluso durante los trailers, todo esto es posible y, por lo tanto, cuando el juego salga y este mismo no cumpla con las expectativas que muchos fans se habían planteado al inicio… Pese a que el resultado sea objetivamente bueno, si las ilusiones superan a la realidad, la mente lo interpreta como algo peor.
Lo real siempre es más limitado que lo imaginado. No porque GTA VI falle, sino porque ninguna obra puede competir con diez años de fantasías colectivas.
El deseo infinito: Siempre querer algo más
Pero ese ni siquiera es el peor de los problemas. Lo verdaderamente complejo es lo que en la filosofía se llama el deseo infinito. Un patrón psicológico perfecto para explicar lo que ocurrirá con GTA VI. Cuando queremos algo, lo deseamos sin límites; pero una vez lo obtenemos, vuelve a volverse común… y con el tiempo, termina aburriendo.
Funciona así:
Deseamos GTA VI → sentimos una falta.
Aparecen los tráilers → el deseo crece y, al mismo tiempo, se vuelve más cercano.
Finalmente lo obtenemos → sentimos un alivio momentáneo al empezar a jugar.
Pero luego llega un nuevo deseo, porque el juego ya forma parte del paisaje habitual de la consola → volvemos al vacío de siempre.
Lo que hoy sorprende, mañana se vuelve normal. Y lo que es normal, pasado mañana aburre.
Incluso si GTA VI logra impactarnos en sus primeras horas, ese impacto no puede sostenerse como fuente de felicidad duradera en un jugador atrapado en la búsqueda constante de nuevos estímulos. Primero queremos que salga el juego, después terminarlo al 100%, luego platinarlo, esperar el online, comprar todos los autos, ver llegar los próximos DLC… y así hasta que, un día, GTA VI se vuelva simplemente un ícono más en la pantalla de inicio y pierda el brillo inicial. No porque esté roto o sea un mal juego, sino porque la mayoría de los jugadores actuales viven centrados en objetivos, recompensas y en tirarse de hocico por una rampa, y muy pocos se detienen realmente a mirar un juego, a contemplarlo, a dejarse llevar por él sin convertirlo en una carrera interminable de logros.
La ilusión colectiva y el espejismo de la felicidad.
La mayoría ha vivido años ilusionada con el lanzamiento de GTA VI, al punto de que “la espera” se ha convertido en la identidad común de toda la comunidad. Para muchos, GTA VI ya no es un videojuego, sino una especie de clave para la felicidad, una solución final que parece prometer que, cuando llegue, todo estará bien. Pero ningún producto externo puede darnos eso, especialmente cuando vemos la vida como una carrera interminable de objetivos y deseos. En ese estado, no se está siendo feliz: solo se está persiguiendo, casi de manera mecánica, un objetivo que aún no existe.
Y mientras más expectativas giran en torno al juego, más real parece esa promesa. Por eso cualquier mínima mención a GTA VI genera un hype descomunal: todos se alinean para reaccionar, analizar, revisar filtraciones, pausar el video en el último frame, comentarlo con amigos y repetir el ciclo una y otra vez.
A la inversa, cada noticia sobre un nuevo retraso hunde el ánimo colectivo. La comunidad se pregunta qué pasó, reina la tristeza, la mayoría nos juntamos en Discord como si esto fuera una reunión de emergencia, y de paso, alguien aprovecha para grabar un podcast.
Todo ocurre casi en piloto automático. Las mismas reacciones, los mismos estímulos, las mismas emociones cíclicas… sin importar qué pase con GTA VI, ya sea algo bueno o algo malo.
Aunque resulte incómodo aceptarlo, GTA VI no te va a hacer más feliz. No porque vaya a ser un mal juego, sino porque nada externo puede convertirse realmente en la fuente de nuestra felicidad. Cuando depositamos nuestro bienestar en algo de afuera —sea un juego, un objeto, una experiencia o una promesa futura— terminamos volviéndonos dependientes de ese estímulo para sentir un pequeño impulso de dopamina. La felicidad genuina nace de la autonomía: de ser capaces de estar bien sin necesitar perseguir constantemente deseos nuevos o metas que solo sustituyen la anterior.
Por supuesto que la espera por este videojuego no llega al extremo de dañar la salud, claro, pero sí alimenta una ilusión desmedida que nos hace creer que ese producto tendrá un impacto profundo en nuestra vida. Y aunque suene exagerado, mirar a GTA VI con ese nivel de idealización tampoco es sano.
Tampoco se trata de irse al extremo opuesto y pretender que todos colectivamente ignoremos el juego y adoptemos una vida ascética en una montaña. Disfrutar, reírse, emocionarse por algo que nos apasiona está bien. Es parte de la vida. El problema aparece cuando se cruza el límite.
Conclusión
Todos compartimos el mismo anhelo: llegar por fin a esa Vice City moderna que Rockstar nos ha mostrado en pequeñas dosis. Queremos cruzar el estado de Leonida en barco, quedar hipnotizados con las físicas del agua, observar su ecosistema en movimiento, recorrer cada rincón del mapa y sumergirnos en una nueva historia que vuelva a despertar esa sensación única que solo un GTA puede dar. Ese deseo colectivo es comprensible; es parte de lo que hace tan poderoso el fenómeno detrás de GTA VI, el que algunos llaman “El videojuego más esperado del planeta”.
Pero la verdadera felicidad, la que no se quiebra con un retraso, la que no tambalea por un anuncio inesperado, la que no depende de un producto ni de una consola, nace de nosotros. Depende de cómo decidimos vivir, de cómo compartimos lo que nos gusta, de cómo disfrutamos sin convertir ninguna experiencia en la única razón para existir (viéndolo de una manera exagerada). Está en reírnos de lo cotidiano, en los detalles pequeños, en los momentos simples que casi siempre pasamos por alto.
Cuando entendemos eso, GTA VI deja de ser un salvavidas emocional y vuelve a ocupar el lugar que le corresponde: el de un juego hermoso que disfrutaremos cuando llegue. Ni un ídolo, ni una promesa de felicidad eterna, ni una cura para todos nuestros vacíos.
Así que cada vez que salga una nueva noticia de GTA VI (aunque parezca que ocurre una vez cada mil años), mírala con más calma.
Y si quieres ver un video, en profundización del tema, aquí te dejo mi video, donde detallo y añado, más puntos a la tesis expuesta.
Nos vemos en el futuro.




